AÑORANZA

Todos quisiéramos volver atrás,
a los primeros años.
Quisimos entonces avanzar deprisa,
crecer muy rápido.
Ansiábamos de niños, ser hombres pronto
y mirar a otros niños desde arriba,
creyendo que los años nunca se acaban.
Pero pasan y al final, se van.
Añoramos en la madurez
la candidez de la infancia,
la ilusión de lo nimio,
de una mariquita roja
sobre el verde de una hoja,
cuando se nos iban los ojos
tras los brillos de las alas de las mariposas
y la curiosidad nos llenaba de tierra la nariz,
olisqueando los hormigueros.
La sorpresa al descubrir mil cosas nuevas
cada día de la gente, de la vida,
de este mundo que nos semejaba eterno.
Perdida la inocencia,
nuestro camino se vuelve cada vez más duro,
más complejo y más difícil.
Y cuando se llega a lo insoportable,
el espíritu mira atrás, siempre atrás,
buscando el brillo perdido
de los primeros años,
donde todo se veía grande,
enorme, deseable e inalcanzable.
Entonces lo inalcanzable de verdad
es el pasado y lo triste,
la conciencia de que día vivido, día prohibido
y sólo el recuerdo nos permite
volver a recuperar un poco esa candidez,
esa luz maravillosa,
que nunca se ama en su momento
y siempre se añora, demasiado tarde.
Y acabamos dudando
de si hemos sabido crecer bien.