ASAMBLEA

Hierve la sangre al son de las palabras.
Hecho grito, el rubor enfría el aire
y silencia voces, que crecen de inmediato
ascendiendo hasta las nubes.

Crean allí dramáticas tormentas
que oscurecen la luz de la existencia
y una amarga bilis sube rauda a las gargantas,
dejando en las bocas el amargo sabor del fracaso.

Una y otra vez se regresa un paso
y todo comienza de nuevo,
en otro intento, en una tal vez postrera intención...,
¡qué suerte la nuestra, después de tanto tiempo...!

¡Si sólo alguien escuchase
ese clamar en el desierto,
si no todo fuesen piedras mirando al oeste,
con ojos enrojecidos de ira, incomprensibles...!

Si las palabras no fuesen sonidos que nadie escucha,
que el aire desmenuza sobre las piedras
que se ríen, al mirarlas a la cara,
quizás habría un entendimiento.

Pero las piedras son más a cada día
y el aire se hace viento también
y sopla fuerte, muy fuerte,
haciendo que las palabras se fundan con el polvo.

¡Ojalá el sol saliese disipando el viento
y dando luz a las caras de las piedras,
que miran al oeste,
suavizando esos ojos enrojecidos,
borrando la ira de su faz de una vez...
y separando el verbo del polvo...!