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ETAPA PROLOGO (BARCELONA - RONCESVALLES) 02-09-2000 Cuando a las 7 de la mañana mi hijo "Migue" nos dejó en la estación de Sants, tenía el convencimiento, iluso de mí, de que los únicos que viajaríamos a Pamplona como peregrinos, seríamos Canito y yo. Sin saber ni de dónde ni cómo, empezaron a aparecer gentes con los atributos de peregrino: mochilas, bordones etc. Indudablemente alguien, además de nosotros, había creído que Septiembre era un buen mes para hacer el Camino. Llegamos a Pamplona a la hora prevista. Nos dirigimos a comer mientras hacemos tiempo para coger el autobús que nos ha de llevar a Roncesvalles, inicio de nuestra aventura. Si ya en Barcelona nos sorprendió el número de peregrinos, la sorpresa es mayúscula en la estación de autobuses. Somos tantos peregrinos, que se han de fletar dos vehículos más de los habituales. Tanta gente me contraría inicialmente, pero enseguida me olvido del tema. No se trata de traer aquí los comportamientos egoístas de los que trato de alejarme. Durante el trayecto, mientras contemplo el soberbio paisaje de los Pirineos Navarros, me parece ver que alguna cosa se mueve por entre los árboles. Son peregrinos que bajan desde Roncesvalles. Me invade un cierto grado de ansiedad por el deseo de estar ya en la ruta caminando, como ellos lo hacen, pero hasta mañana no será posible. Llovizna en Roncesvalles, por lo que tratamos de alcanzar lo antes posible la oficina del peregrino para cumplir con el trámite de sellar la credencial, documento necesario para acceder a los albergues, y donde nos facilitarán cobijo para pasar la noche. Después de darnos algunas instrucciones sobre el peregrinaje, nos indican que en el albergue quedan algunas plazas libres, pero que están reservadas para los peregrinos que vienen caminando desde Saint-Jean-Pied-de-Port, pueblo francés al otro lado de los Pirineos donde se suele también iniciar el Camino Francés. Son casi 25 Km. muy duros. Me impresionó especialmente el aspecto de un peregrino, calado hasta los huesos y con el agotamiento reflejado intensamente en el rostro, que llegaba en esos momentos caminando desde Francia (de este peregrino, "El Vasco", hablaré en otras etapas). Se impone la solidaridad y así, un grupo de los recién llegados en autobús accedemos, por 700 pesetas cada uno, a pasar la noche en un refugio de juventud que se habilita en estos casos, y dejar libre la cama del albergue, para los que vienen más cansados. Llegada a Pamplona (Canito y Miguel). Miguel en Roncesvalles Después de instalarnos, decidimos asistir a la misa de peregrinos que, como cada día, se celebra en el incomparable marco gótico de la Colegiata de Roncesvalles. El sacerdote oficiante, acompañado por otros cuatro, inició los actos litúrgicos, procediendo posteriormente a la bendición de todos los peregrinos presentes, dirigiéndose a ellos en cada uno de los idiomas allí representados, según establece un viejo ritual. El momento era especialmente emotivo, pero la culminación llegó cuando los cinco sacerdotes descendieron y se colocaron junto a los peregrinos mirando hacia el altar. En ese instante se apagaron todas las luces de la iglesia, salvo la llama de dos velas situadas en el altar mayor. Al tiempo, las voces de los sacerdotes se elevaron sobre el silencio reinante, entonando magistralmente el Salve Regina. Desde la penumbra, varios peregrinos se les unieron. Yo no sé cómo cantan los ángeles, pero aquello debía parecerse mucho. Me sentí especialmente unido a todos aquellos hombres y mujeres que, aunque desconocidos, compartían mis mismos anhelos. Las emociones allí vividas puedo asegurar que no tienen nada que ver con las creencias religiosas de cada uno. Se trata simplemente de sensibilidad personal ante situaciones especialmente emotivas. Poco antes de retirarnos a descansar y mientras damos un paseo, decidimos visitar las instalaciones del albergue de peregrinos (el que no tenía suficientes plazas). Cando ya abandonábamos el recinto, de repente, escuchamos un grito estremecedor: se trataba de una chica, que sentada en los peldaños de la escalera de acceso, parecía fuera de sí. Le preguntamos si la podíamos ayudar, pero la respuesta fue un nuevo grito, seguido de unas palabras en inglés que no entendimos y el lanzamiento contra el suelo de una botella de agua. Era evidente que nos estaba indicando que no nos metiéramos donde no nos importaba. Respetando su deseo, decidimos retirarnos a descansar. (A esta chica nos la encontraríamos en diferentes días, junto a dos chicos que la acompañaban. Los tres fueron bautizados como "Los Místicos", debido a los continuos rezos que realizaban en todo momento).
ETAPA 1ª (RONCESVALLES - LARRASOAÑA) 27,4 Km. 03-09-2000 Por fin, a las 5,30 nos levantamos para iniciar la primera etapa de nuestra andadura. Me ha resultado imposible conciliar el sueño, durante toda la noche no he parado de dar vueltas en la cama, he visitado el lavabo seis veces, he pensado en mil cosas, pero aún y así, las horas no pasaban. Estaba muy alterado. Aún es de noche cuando abandonamos el refugio con las capelinas puestas, debido a la fina y persistente lluvia que tendremos que soportar durante algunas horas. El sendero discurre por terreno llano, entre un frondoso bosque que nos hará compañía hasta Burguete, donde pararemos a desayunar. En ese tramo, nos rebasa a gran velocidad una peregrina, pero lo que llama nuestra atención es su porte: cubierta con un elegante "anorak", provista de una pequeña mochila y tapándose de la lluvia con un amplio paraguas, parecía que estuviera dando un paseo matinal por la calle mayor de alguna gran ciudad. Realmente chocante. Atravesamos lugares de una extraordinaria belleza. Los muchos torrentes de aguas cristalinas, con su juguetón discurrir, se confunden por entre el verde de los prados que nos rodean. Es una imagen bucólica, pero así es esta zona del Pirineo Navarro. Sea como fuere, el caso es que me siento realmente bien. Son tantas y tan agradables sensaciones que me gustaría poder compartirlas con mis seres queridos, con las gentes que quiero. Quisiera poder decirles a mis hijos que no se necesitan muchas cosas para ser feliz. Que al fin y al cabo, la felicidad no se puede cuantificar por las cosas materiales que se poseen, sino por nuestra propia capacidad para encontrarnos bien con nosotros mismos y con los demás. Satisfecho el espíritu y sin notar aún el cansancio, culminamos el Alto de Mezkiritz para, seguidamente, descender la fuerte pendiente por donde discurre la senda, encajada entre robles y matorral que forman una auténtica bóveda vegetal. A estas alturas de la etapa, nos cruzamos con bastantes peregrinos. Con alguno de ellos coincidiremos en diferentes lugares a lo largo del Camino. Me llamó especialmente la atención la peregrina inglesa. Una mujer de 67 años a la que le habíamos pedido que nos hiciera una foto y con la que departimos un buen rato. Nos dijo que hacía un mes que había iniciado el Camino en Francia y que pensaba llegar a Santiago. Me interesé por su estado preguntándole si se encontraba cansada o si necesitaba alguna cosa. En un mal español, acompañándose de algunas señas, me respondió que el cansancio del cuerpo no tenía importancia. Lo que le podría preocupar era el cansancio mental y, en ese sentido, no se encontraba cansada en absoluto. Una mujer excepcional. Continuamos caminando, siguiendo siempre las indicaciones de la flecha amarilla, símbolo indisociable al Camino de Santiago y que nos resultará de una gran ayuda a lo largo de la ruta. Hemos de agradecer la ingente tarea que realizan altruistamente los miembros de las asociaciones de amigos del Camino de Santiago, en la conservación y marcación de los caminos. Sin su inestimable ayuda, probablemente lo tendríamos más difícil. Desde el alto de Erro, al que se llega después de una fuerte subida, recreo la vista sobre el maravilloso valle que se extiende ante mí. Impresiona la tupida masa arbórea que jalona el camino, compuesta de robles, coníferas y otras variedades centenarias, testigos silenciosos del paso de aquellos otros peregrinos que ya en el medioevo me precedieron. Al final del duro descenso, situado en el fondo del valle, nos encontramos con Zubiri. Entramos por su puente gótico, llamado el de la Rabia porque sus habitantes hacían que los animales dieran tres vueltas por el pilón central de la arcada para preservarlos de ese mal. Paramos unos instantes a descansar mientras tomamos la decisión de continuar o quedarnos. En eso estábamos cuando, para alegría de alguno, nos encontramos con Elena, una chica madrileña con la que habíamos estado charlando en Roncesvalles mientras esperábamos turno para la cena (ya no se separaría de nosotros hasta Los Arcos, donde dejaría el Camino hasta otra ocasión). Aunque ya estamos algo cansados y a pesar de que en Zubiri hay albergue, finalmente decidimos caminar los seis kilómetros que nos separan de Larrasoaña. Así lo hicimos y como el hambre ya se hacía notar, empezamos a pensar en localizar un lugar donde comer algo. Por las informaciones que teníamos, que después comprobaríamos erróneas, en Larrasoaña no había restaurante o lugar que se le pareciera, por lo que, a la entrada del pueblo, nos desviamos unos cientos de metros por la carretera hasta un local que tenía la pinta de restaurante. La decisión fue de lo más acertada, no sólo porque la comida era excelente, sino porque también coincidimos con unos peregrinos madrileños, que por cierto tenían la misma mala información que nosotros, con los que, a partir de ese momento, compartiríamos camino y amistad. Nuestros amigos se llaman : Pedro, Nani (Fernando), Merche y Dolores. Todos ellos buena gente. Con la capelina puesta. El grupo cenando en Larrasoaña (accidente con la cámara, ehem!) Después de comer y de una larga sobremesa, en la que hablamos de muchas cosas, pero que sobre todo sirvió para conocernos un poco más, nos dirigimos ya todos hacía el albergue de Larrasoaña. Para sorpresa nuestra, a esas horas ya no quedaba ni una sola plaza libre, cosa lógica por otro lado ya que, el tiempo que nosotros habíamos empleado en localizar el restaurante y en la comida, otros peregrinos, mejor informados, se habían dirigido directamente al albergue y después al restaurante que había en el pueblo. La verdad es que no me preocupaba en absoluto el no disponer de cama en el albergue. Como se suele decir , "el Camino proveerá". Y así exactamente ocurrió, gracias al interés y al buen hacer demostrado por Santiago Zubiri, hospitalero y alcalde de Larrasoaña. Después de ducharnos en el albergue, nos proporcionó cobijo en el suelo de madera del coro de la pequeña y encantadora iglesia de la localidad, construida en siglo XIII y dedicada a San Nicolás de Bari. Entre otros Canito, Pedro, Miguel, Merche, Nani y agachado Santiago Zubiri. Miguel en el puente de Larrasoaña (aquél que servía para...) El ambiente, que invitaba a la relajación, junto con el sueño y el cansancio acumulado, que hicieron el resto, me llevaron a dormir profundamente durante toda la noche. Supongo que todos nos encontrábamos en la misma situación, porque el caso es que nadie se levantó ni siquiera para ir al lavabo. Otra interpretación más prosaica, pero también de peso, es que ir al lavabo suponía salir de la iglesia y situarse bajo las arcadas del puente cercano, lo cual no resultaba muy estimulante por la noche en pleno Pirineo Navarro.
ETAPA 2ª (LARRASOAÑA - CIZUR MENOR) 20 Km. 04-09-2000 Después de la dureza de la etapa anterior, pretendemos que la de hoy sea un poco más suave, entre otras cosas, porque nos quedan muchos días por delante y no sería prudente quemar nuestras fuerzas en las primeras etapas. El grueso del grupo que hemos dormido en la iglesia, unos doce peregrinos aproximadamente, empieza a moverse muy pronto, sobre las 5,30 horas. Aunque apenas se ve nada a esas horas, alguno ya ha iniciado la marcha. Es el caso de aquel peregrino, un muchacho joven, que el día anterior había partido desde Saint-Jean-Pied-de-Port, metiéndole a sus piernas más de 52 Km. Su intención era llegar a Santiago en 20 días, por lo que necesariamente tenía que imprimir un ritmo muy fuerte. Ya no lo volvimos a ver. Deseo que lograra su propósito. Nosotros salimos a las 6,30 después de desayunar en el único bar del pueblo, por cierto poco recomendable. El trato del propietario, que llegó a ser incluso vejatorio con algún peregrino, dejó mucho que desear. No se entiende que personajes de la catadura de este individuo, que engorda su negocio gracias a los peregrinos, se permita la desfachatez de tratar con prepotencia y sin consideración a sus clientes. En fin, espero que algún día se encuentre con la horma de su zapato. Abandonamos Larrasoaña salvando el río Arga a través del "puente de los bandidos" (aquél que servía de lavabo). Se camina a buen ritmo y con buen ánimo por el camino que discurre, casi en todo su trazado, por los márgenes del río. Durante ese recorrido anoto en mi cuaderno la curiosa sensación que tengo de que, a pesar de que sólo hace dos días, parece que hace muchos más que salí de Barcelona. Esta aparente elasticidad del tiempo, será una constante a lo largo del Camino y así ocurrirá que, acontecimientos vividos apenas unas horas antes, aparecerán muy lejanos en mi memoria. Supongo que esto ocurre porque en el Camino nada es monotonía, porque cada instante se convierte en una experiencia nueva, en una nueva vivencia cargada de sentido para el caminante: se viven los paisajes, las gentes, los propios pasos, el aire, los pensamientos... Todo es absorbido por el espíritu especialmente predispuesto del peregrino y es quizá por eso por lo que el tiempo no cuenta como en nuestra actividad diaria. Tiene otra dimensión, otro sentido, sólo perceptible, parafraseando a Machado, por quienes van ligeros de equipaje en su andadura vital. La relación con los amigos madrileños es buena. Hay sintonía entre nosotros, como si nos conociéramos desde siempre. Todos estamos más distendidos, lo que se nota en las bromas que nos gastamos, casi de una desinhibición total. Llegan también los momentos de compartir lo poco que cada uno tiene. Recuerdo especialmente el chocolate que nos ofrecía Nani a lo largo de las diferentes etapas. Caminando por un estrecho sendero, Merche resbala y cae de bruces al suelo, doblándose la muñeca, además de lesionarse una rodilla. Este accidente condicionará inevitablemente su ritmo de marcha y al final, su permanencia en el Camino. El grupo se va estirando según el ritmo de cada uno. Por delante, a bastante distancia, va Elena; después Pedro y yo seguidos del resto del grupo. La conversación que mantenemos sirve para conocernos un poco más y así, pude saber que está empleado en el gabinete jurídico de una gran empresa, que está casado y que tiene tres hijos. En Villaba, el pueblo de Indurain, ya cerca de Pamplona, nos reencontramos con Elena. Seguimos hasta Burlada, donde esperamos en uno de los bancos de la calle mayor, al cual van dar las posaderas de los demás según van llegando al lugar. El cansancio se deja notar. Cuando ya estamos todos, Pedro se dirige a una panadería cercana, regresando con una barra de pan de la que damos buena cuenta entre todos, junto con un par de manzanas que alguien aportó al ágape. La conversación versa sobre el peso de las mochilas y lo mucho que se sufre cuando aquél es excesivo. En esas estábamos cuando alguien hizo un comentario referido a lo inconveniente de llevar una prenda tan incomoda como es la toalla, debido a que tarda en secar, pesa mucho y ocupa un espacio excesivo en la mochila. Inmediatamente otro componente del grupo reflexionó sobre las ventajas del "pareo", prenda que absorbe bien el agua, seca rápido y es muy ligera. Que si sí, que si no, que para aquí, que para allá. Dicho y hecho: Pedro, Nani y Canito se dirigen a una tienda y adquieren cada uno de ellos un elegante "pareo". Bastante llamativos para mi gusto, pero les queda bien. Les da una cierta pinta exótica. Elena, Miguel, Nani y Pedro en uno de tantos pueblos. Miguel entrando en Pamplona por el Portal de Francia. Llegamos a Pamplona, la primera gran ciudad del Camino fránces. Antes de cruzar el puente medieval de la Magdalena, a través del cual se entra en Pamplona por la llamada puerta de los peregrinos, decidimos Canito y yo, que sería bonito hacernos unas fotografías sobre el puente románico. Engrosarían las que habíamos tomado los días anteriores de los maravillosos paisajes del Pirineo Navarro. A tal fin me coloco en el puente, mientras Canito, cámara en ristre, se dispone a perpetuar mi imagen en una fotografía. No puede hacerlo pues el carrete se ha agotado y hay que poner uno nuevo. Horrorizado, veo cómo Canito llama mi atención, con la cámara abierta, sobre cómo se cambia el carrete. Lo inevitable ha ocurrido: mi cámara no tiene sistema automático de rebobinado, con lo cual, por lo menos algunas fotografías se han velado !!!!BBBBBBRRRRRR¡¡¡¡ En fin ¿qué le vamos a hacer?, confiemos que no se haya velado todo el carrete. Por si acaso y en previsión, les decimos a los demás que nos hagan copias de alguna de sus fotografías. Dejamos atrás la Puerta de Francia (llamada así en honor al Camino Francés) para adentrarnos en Pamplona a través de su zona más antigua: la Navarrería. El grupo saliendo de Pamplona Apenas llevamos andados 15 Km. por lo que decidimos hacer los 5 que nos quedan hasta Cizur Menor a fin de arañar kilómetros para el día siguiente, máxime teniendo en cuenta que nos espera la dureza del Alto del Perdón. Antes de abandonar Pamplona, algunos miembros del grupo deciden aligerar las mochilas, vía paquete postal con destino a casa, de todo lo que no consideran imprescindible. Sorprende lo que puede aparecer en una mochila. En cualquier caso, es una sabia decisión pues es cierto que el exceso de peso, junto con las molestas ampollas, pueden hacer padecer un auténtico calvario al peregrino. En la mochila hay que llevar lo justo, porque en el Camino, te das cuenta que necesitas muy pocas cosas. Esto no tiene nada que ver con unas vacaciones convencionales. Es, indudablemente, otra cosa. Dejamos Pamplona, quizá la ciudad más amable para el peregrino en todo el Camino, rodeando la Ciudadela. Caminamos bajo un sol de justicia. Hace mucho calor y nos está afectando. Casi sin darnos cuenta, la ciudad de Pamplona, difuminada en la distancia, empieza a ser un recuerdo para el peregrino. El tramo hasta Cizur Menor, se hace largo. Después de un fuerte repecho, nos encontramos con el albergue regentado por la Soberana Orden de Malta. Como ocurriera en la noche anterior y como ocurrirá en alguna otra ocasión, nos encontramos con que no hay camas libres. Nos dicen que tendremos que pasar la noche en el interior de la iglesia. Es lo mejor que nos podía ocurrir, pues pasar la noche en aquella maravilla arquitectónica no fue una contrariedad, sino un auténtico placer y hasta es posible que, durante la noche, nos haga compañía el espíritu altruista de alguno de aquellos caballeros que lo fueron, de la Orden de Malta y que consagraron sus vidas a la defensa y ayuda de los peregrinos. Desde luego, el escenario se presta a ello. Al caer la tarde, anocheciendo ya, la increíble voz de un peregrino inspirado se eleva en el interior del recinto entonando un canto gregoriano. Todos los demás callamos y como si de una señal se tratara, el silencio se adueña del recinto. Mañana será otro día.
ETAPA 3ª (CIZUR MENOR / PUENTE LA REINA) 19,5 Km. (+ 4 ) 05-09-2000 Esta etapa, que incluye el mítico Alto
del Perdón es de esas que el peregrino afronta con el mayor de
los respetos. De aquéllas que le hacen dudar a uno de su capacidad física. En cabeza, y también como siempre, Elena
(magnífica forma física la suya), a cierta distancia Pedro, Nani y yo.
Algo más atrás el resto del grupo (cada cual con sus problemillas físicos,
que siempre te pasan factura). Queda, apenas perceptible más atrás, la
ciudad de Pamplona y algo más allá, difusos, los aledaños
del Pirineo navarro. Continuamos subiendo cuando vemos de nuevo,
ya de vuelta, al hombre del bastón. Según nos acercamos, me resulta
familiar; me recuerda a alguien. Llegados a la cima, sudorosos, nos recibe un frio y fuerte viento, que nos obliga a abrigarnos para evitar males mayores. Esperando al resto del grupo, contemplamos, no sin cierto disgusto, los discordantes molinos de viento, generadores de energía eólica, que rompen la silueta del Alto del Perdón. No puedo evitar sentir como si profanasen ese momento de "Mi Camino". Me resigno sin demasiada convicción con un lacónico "No hay mal que por bien no venga" en un vano intento de racionalizar la situación, pues al fin, ¡qué se le va a hacer, uno ya no está para quijotadas! La llegada del grupo, da pie a las fotos de
rigor ante el monumento al peregrino, erigido en el alto por la Asociación
de Amigos del Camino de Navarra en 1996. Una leyenda en éste, es
especialmente significativa: "Donde se cruza el Camino del viento
con el de las estrellas". "Ciertamente, aquí se cruzan...". El grupo en el Alto del Perdón. Pese al acuerdo general de desviarnos unos
kilómetros, para visitar la ermita de Nuestra Señora de Eunate,
no puedo evitar sentir, que no me hace ninguna gracia endosarle a mis
piernas cinco kilómetros extra. En
algún momento de la marcha, casi de repente,
en mi soliloquio brota una pregunta que me fuerza a la reflexión ¿Porque
llevo este ritmo tan fuerte? No tengo una respuesta. Puede ser por la
inercia de actitudes aprehendidas de la actividad diaria. Quizás por un
espíritu de superación mal entendido
aquí y ahora, en tanto que reto personal
de resistencia física. Pero también puede tratarse de pura y
simple vanidad. Probablemente cualquier razón o todas ellas y algunas más
que no sé reconocer tienen influencia en mi actitud. Pero de todas ellas,
la que mayor grado de decepción personal
supone, es sin duda la vanidad. Yo no hago el “Camino“ para
acariciar mi ego, ni para trasladar a este lugar las deficiencias
del comportamiento de mi vida cotidiana. El “Camino“, mi Camino,
el que yo había soñado durante tanto tiempo, no es eso, no puede serlo.
Es, sin duda, otra cosa. Puedo asegurar que después de esta larga
charla conmigo mismo, mi actitud desde ese mismo momento cambio
radicalmente. Volví a encontrar mi
Camino
que era, al fin y al cabo, para lo
que yo estaba allí. Unos bocadillos de tortilla con chistorra,
que prepara la encargada del refugio de Muruzábal para unos
peregrinos ciclistas, nos hacen la boca agua, mientras esperamos a los demás. Ntra. Sra. de Eunate Eunate
es una iglesia románica, de planta octogonal, situada en medio de la
nada. Fue construida por los Templarios en el siglo XII, siguiendo el diseño
del templo de Jerusalén. Nada más verla, se aprecia que hay en ella algo
diferente: el claustro. Otras iglesias, catedrales, monasterios..., tienen
también su claustro pero, el de Eunate es diferente. Está situado en el
exterior, circundando a la iglesia. Es como el mundo al revés. Eunate es
también misterio por la leyenda que la envuelve. Ciertamente valió la
pena hacer los kilómetros extras a
los que yo me resistía. Me
sentí contrariado por mi estupidez. Tras volver a Obanos, nos
encontramos con el "hombre del carro", un peregrino
realmente singular que arrastraba, mediante un arnés, un carro cargado
con un gran equipo, tienda de campaña incluida. Llegamos a Puente La Reina, hallando el albergue de los padres Reparadores al completo. Mientras Nani y yo esperamos a Canito y Merche (que aún no habían aparecido, debido a problemillas físicos) para ayudarles con las mochilas, los demás se dirigen en busca del nuevo refugio privado, recién inaugurado, al otro lado del pueblo (¡buff!, dos kilómetros más imprevistos). Se hace dura la subida al refugio. Pero está bien acondicionado. Puente la Reina. El puente sobre el rio Agra. El "Hombre del carro". Cenamos en el pueblo, tras dar una vuelta por sus calles. Puente la Reina es el punto donde confluyen las rutas de Roncesvalles y Jaca. Vivo ejemplo de villa nacida por y para el Camino. Donde el peregrino, caminando por sus calles, se siente transportado a otra época. Su puente, de seis ojos, construido en el siglo XI por orden de la reina Munia, esposa de Sancho III de Navarra, facilita desde entonces el paso de peregrinos sobre el río Arga. Santiago siempre fue importante. Nos encontramos con Carlos, el "argentino", un peregrino de esta nacionalidad, que había iniciado el Camino con nosotros en Roncesvalles y al que perdimos después de Larrasoaña. Carlos es psicólogo en París, donde vive con su mujer francesa y sus dos hijas. Coincidiríamos de nuevo con él en San Juan de Ortega.
ETAPA
4ª (PUENTE LA REINA / ESTELLA) 22 Km.
06-09-2000 Después de desayunar en el propio refugio, iniciamos la marcha con un ánimo excelente. Tanto es así, que al poco rato, en un alarde de desinhibición, me lance por Serrat entonando " Cantares": Caminante no hay camino, se hace camino al andar..., grité, más que entoné. Instantáneamente todo el grupo se puso a cantar ésta melodía. Favor que me hicieron pues, ya sabe quien conoce mis cualidades cantoras, de lo que soy capaz. Sea como fuere, lo cierto es que se desencadenó un auténtico concierto donde cada uno de nosotros, se arrancaba con alguna canción que automáticamente era coreada por el resto. Se cantó por Serrat, Víctor Manuel, Sabina. Alguien se atrevió con alguna copla o canción española, también hubo canciones de la tuna, de juergas, en fin, de todo un poco durante más de una hora. Me sorprendió que los amigos de Madrid conocieran tantas canciones de Serrat, incluso algunas en catalán. Una prueba más de que los conflictos entre comunidades o personas de distintas comunidades, sólo existen en la imaginación o intereses bastardos de algunos. La gente normal con la que convivimos día a día, sitúa las relaciones sociales por encima de falsos prejuicios que aquellos pretenden imponer. Una enseñanza más del Camino. Probablemente hubiéramos continuado cantando durante más tiempo, pero los repechos de ese tramo del camino empezaron a imponer su ley. Nos faltaba el resuello; no podíamos cantar y caminar. Nos detenemos un rato en Mañeru para tomar alguna chocolatina que, como casi siempre, nos ofrece Nani (no sé de dónde las saca, pues la mochila que lleva es muy pequeña; quizá la de menor tamaño de todas. Dejémoslo en un dulce misterio). Reanudamos la marcha entre campos de viñas. Es un paseo agradable que permite disfrutar de la magnifica vista que ofrece en la lejanía Cirauqui, que en euskera significa "nido de víboras". Encaramado en un cerro, la situación privilegiada de este pueblo sobre la llanura que se extiende a sus pies, junto con los restos de sus murallas y sus iglesias del siglo XIII, llaman la atención del peregrino sobre la importancia que probablemente tuvo en la ruta jacobea. Decido parar bajo los soportales de la Plaza Mayor. Sentado en un banco de piedra, meditabundo, dejo pasar el tiempo mientras los demás se alejan. Es uno de aquellos momentos en los que la sensación de plenitud me invade. Pienso en Isabel y en lo que la echo de menos. Pasado un buen rato, casi con cuidado, tratando de no romper el momento de felicidad que me envuelve, un poco a desgana, decido continuar pero antes deposito unas postales en un buzón cercano. Saliendo ya del pueblo, desciendo por la calzada romana, último vestigio de la ruta imperial. Un auténtico placer para los sentidos caminar sobre esas losas, a la vez que la mente se retrotrae en el tiempo, en un intento de imaginar situaciones de aquella época en un lugar como éste. Camino solo durante bastante rato, un par de horas quizá, entre campos de cultivo, salvo algún pequeño tramo que discurre por carretera. Miguel entrando en Cirauqui . Un alto en el camino, a la sombra.Hoy es un día de calor, por lo que algún peregrino aprovecha para descansar y resguardarse del sol bajo la sombra que proyectan los montones de balas de paja que, levantados con sorprendente verticalidad, como si se hubiera utilizado la plomada para ello, jalonan los rastrojos de los campos que nos rodean. El paisaje y los hombres se confunden. Para el caminante, todo es quietud, serenidad, sólo es perceptible el ruido acompasado de sus pasos... y su silencio... En Villatuerta, bajo un puente, me encuentro con Claudia, una chica brasileña que también había empezado el Camino en Roncesvalles, pero no la habíamos vuelto a ver desde entonces. El motivo de su parada es porque tiene los pies absolutamente llagados. Le doy unas tiritas para ver si con esta solución, puede llegar hasta Estella. La acompaño durante un trecho hasta una Caja de Ahorros, donde cambia algunos dólares. Su caminar es muy lento; no sé si en las condiciones que está aguantará hasta Santiago, que es donde pretende llegar. Después de dejarle alguna tirita más, decido acelerar el paso y continuar solo. Pienso que Canito que viene por detrás o cualquier otro peregrino que va más lento, la puede ayudar. Continúo con buen ritmo, pero ya algo cansado por el propio esfuerzo y por el calor. Faltan unos 5 kms. para llegar a Estella. En algún momento, cuando paso al lado de una casa, una mujer me ofrece manzanas recién cogidas, de las que doy buena cuenta en un santiamén. Es otra de las cosas del Camino: aquí no se es un extraño. El aspecto (en ocasiones no muy agradable por cierto), que en otro lugar podría suponer rechazo o cuando menos reparo, aquí, en el Camino, es una señal de identidad que te abre las puertas de la solidaridad. La aventura en la que estamos empeñados, recorrer el Camino de Santiago a pie durante 750 Km., puede ciertamente parecer en otro lugar, algo fuera del tiempo, una quijotada al fin y al cabo, de un puñado de locos. En el Camino es todo lo contrario, como tendré ocasión de comprobar a lo largo de los días. Miguel en el puente romano de Cirauqui . Baño en la piscina sulfurosa de Estella.Por fin Estella aparece ante mi vista. Cruzo la pasarela sobre el río Egea en dirección al refugio, que localizo enseguida porque en la entrada están esperando Pedro y Nani, que habían ido por delante cuando yo pare en Cirauqui. Las referencias de las guías catalogan el refugio de Estella como uno de los mejores del Camino. Así me lo imaginaba yo al ver la fachada del mismo, frente a la que esperaban mis compañeros, pero mi gozo en un pozo. Pedro me devuelve a la cruda realidad. Cuando ellos llegaron las plazas ya estaban ocupadas, por lo que los encargados habían habilitado al efecto un viejo edificio (una antigua herrería), al lado mismo del nuevo albergue. Ni punto de comparación; era un auténtico desastre. ¡Qué le vamos ha hacer!, también esto forma parte del Camino. Por lo menos pudimos utilizar las excelentes duchas del nuevo albergue. Ya aseados y después de un breve descanso, fuimos a comer unas sabrosas alubias pochas, típicas de estas tierras de Estella, regadas con un gustoso Rioja. Un día es un día. Ya por la tarde, a instancias de Canito, nos dirigimos a una de las piscinas del pueblo; a la de agua "salada", según los del lugar. En realidad, más que agua salada, de lo que se trataba era de agua sulfurosa que manaba de un manantial cercano. Aunque en principio me resistí debido a mi crónica sensación de frío ante el líquido elemento, acabé disfrutando de los beneficios relajantes del agua de tan peculiar piscina. Después del baño y de dar un paseo por la ciudad y comprar algo para cenar, nos dirigimos al refugio para ya, finalmente, descansar hasta el día siguiente.
ETAPA 5ª (ESTELLA / LOS ARCOS ) 21,3 07-09-2000 Madrugamos como viene siendo costumbre e iniciamos la marcha al amanecer. En cuanto a los madrugones, es curioso lo que me viene ocurriendo. Los que me conocen y sobre todo Isabel, saben de mi resistencia a los madrugones. No sólo me cuesta levantarme temprano, sino que además, es necesario que Isabel me despierte por las mañanas para ir a trabajar. Vergonzosamente así ha ocurrido siempre, a lo largo de los años y seguramente continuará ocurriendo. Para sorpresa mía, en El Camino, me despierto temprano y además, soy yo quien llama a Canito. Seguramente este fenómeno tiene mucho que ver con la motivación de las actividades a realizar. Desde aquí lanzo un reconocimiento a la dura labor de Isabel y a la paciencia que, sin duda alguna, tiene para conmigo. La mañana amanece algo fresca, lo cual no va del todo mal para caminar. Casi sin darnos cuenta, después de andar unos 6 ó 7 km, nos encontramos con el monasterio de Irache. Situado en la falda de Montejurra, lugar sagrado para el carlismo, Irache albergaba ya en el año 958 una comunidad benedictina, siendo dotado en el 1054 por el rey de Nájera de un hospital de peregrinos. Desde el punto de vista arquitectónico es una mezcla de estilos (medieval, renacentista y barroco). Tiene además el honor de haber albergado en el siglo XVII, la primera universidad de Navarra. Antes, no obstante, hemos hecho un alto en las cercanas bodegas Irache y de su fuente de vino (otra sorpresa del Camino: la única fuente de vino del mundo). Siguiendo la moderna tradición peregrina, cumplo con el ritual de beber vino si bien, mojándome solo un poco los labios pues en ayunas y a esas horas de la mañana, toda prudencia es poca si quiero caminar en línea recta. "¡Peregrino!" Fuente del vino de Irache . La soledad es fiel compañera en todo el Camino.El camino continúa suavemente, sin estridencias. En Azqueta, pueblo donde Pablito "el de las varas", regala a quien se lo pide un bordón de castaño tallado a mano por él mismo, además de hospitalidad y un poco de conversación, me detengo para esperar a Canito. Mientras tanto, a pesar de ser media mañana, aprovecho para llamar a Isabel. Trato de localizar un teléfono público. Me dirijo a un hombre del pueblo que, camino de sus quehaceres, pasa en ese momento por la pequeña plaza en la que me encuentro. Me dice que en el pueblo no hay teléfono público. Una contrariedad, pienso, pero al instante el hombre me sorprende ofreciéndome el teléfono de su casa. Al principio declino amablemente su ofrecimiento a fin de evitarle cualquier molestia, pero el hombre insiste con vehemencia. Señalándome por donde tengo que ir, puesto que él no me puede acompañar, me indica como referencia para localizar su casa, situada a pocos metros de donde nos encontramos, que en la puerta de la misma encontraré a una señora, su esposa, regando las flores. Sólo tengo que decirle que me envía él. La situación me crea una cierta zozobra porque no sé qué reacción puede tener la señora. Cuando le comunico el motivo de mi visita, todo es amabilidad. Me franquea la puerta y me acompaña hasta el teléfono, saliendo ella misma discretamente de casa mientras yo hago la llamada. Al salir y una vez finalizada la conversación, atino a preguntarle si le debo algo, recibiendo como respuesta una negativa rotunda acompañada de una bondadosa sonrisa. Es otra pequeña muestra de solidaridad de las muchas que depara el Camino. Una vez ha llegado Canito y después de descansar un poco, seguimos la marcha. Dejamos a un lado la fuente medieval, conocida como "de los moros" por los vecinos y que en realidad se trata de un aljibe del siglo XIII cubierto con teja de piedra. Atravesamos Villamayor de Monjardin, para encontrarnos, después de atravesar unos inmensos viñedos, con la primera gran travesía del Camino. Ante nosotros, 12 Km. de soledad hasta llegar a Los Arcos. El grupo en Los Arcos: Lola, Elena, Nicols, Canito, Merche, Pedro, Miguel y Nani En algún punto, a fin de evitar un excesivo cansancio por caminar a un ritmo que no es el mío, y porque no sé cómo estará resuelto el tema del albergue, acelero el paso por lo que Canito se queda algo rezagado debido a la lesión de rodilla, que le impide mantener un ritmo normal de marcha. Realmente son 12 Km. de una cierta dureza por la propia monotonía del paisaje. Parece que nunca se llega. Al fin entro en Los Arcos por su calle Mayor, larguísima, implacablemente lineal, inacabable hasta llegar al refugio. Cuando alcanzo el refugio me encuentro con el resto del grupo, pero como ya es habitual, me dicen que no han conseguido plaza, por lo que hemos de esperar la llegada del encargado de las llaves de la iglesia, para que nos facilite cobijo en ella. Unas cuantas colchonetas de polietileno en el suelo, es el panorama que nos aguarda. Por suerte y tras mucho esperar, podemos ducharnos en el refugio. Después de comer y una vez hemos descansado, compramos algunos suministros para el almuerzo del día siguiente. Al atardecer escuchamos la misa de peregrinos en la portentosa iglesia de Santa María. Llama la atención la recargada decoración barroca de su interior, que se mezcla con el mucho más sobrio estilo gótico de su claustro. La privilegiada situación de Los Arcos, tierra fronteriza entre Navarra y Castilla, le permitió gozar de los fueros de los dos reinos sin pagar impuestos en ninguno de ellos, lo que hizo que la población alcanzara su mayor esplendor en los siglos XV y XVI. Hoy va a ser un día especial. Por un lado, Santi y Marisa, un matrimonio de Silla (Valencia), a los que conocimos también en Roncesvalles y que hemos ido encontrando a lo largo de la ruta, celebran su aniversario de bodas, por lo que nos quieren invitar a una copa después de cenar. La pareja marcha muy mal físicamente, debido a que ambos han pasado unos días con fiebre alta. Aunque se encuentran mejor, lo más probable es que no tarden en abandonar. Al final decidimos ser nosotros los que les paguemos la cena, como regalo de aniversario. Se da también hoy la circunstancia de que Elena nos ha anunciado que casi con toda seguridad abandone el Camino y que por lo tanto, ya no iniciará la marcha con nosotros al día siguiente. Lo cierto es que la chica ya comentaba desde Roncesvalles que su idea era parar en Los Arcos, aunque después, en alguna ocasión, también insinuó que según cómo lo combinara con los familiares que la tenían que recoger, quizá podría estar unos días más. Parece que no pudo ser. Nos retiramos a descansar al amparo de la pequeña capilla que nos han asignado para pasar la noche. Pero como todo lo místico tiene un componente de penitencia y en ésta ocasión no podía ser menos, doy fe que el duro suelo cumplió perfectamente la función de potro de tormento. Creo que expiamos con creces el pecado de habernos excedido con el vino durante la cena.
ETAPA 6ª ( LOS ARCOS / VIANA ) 18,5 Km. 08-09-2000 Al despuntar el alba, en una mañana que se adivina radiante, estamos todos dispuestos a iniciar la marcha. Pero antes, hemos de cumplir con el amargo trance de despedir a Elena pues, definitivamente vuelve para Madrid. El momento es difícil para todos, aunque quizás para alguien lo sea especialmente. Aparecen lágrimas en algunos rostros y por supuesto en el de Elena. Lo cierto es que durante los pocos días que ha estado con nosotros, al igual que con todos los demás, se ha forjado un sentimiento de amistad y solidaridad, consecuencia lógica al soportar las mismas dificultades y parecidas experiencias pero sobre todo, por lo que une a las gentes en el Camino: el simple hecho de ser peregrino. Esta es una cualidad significativa del Camino. Aquí nadie es extraño, todos somos iguales con independencia de nuestros orígenes, posición social, raza, religión o creencias. De hecho, lo que puede diferenciar a un peregrino de otro, es el material que porta cada uno, pero nada más que eso: un intranscendente signo externo. Mientras siento en mi rostro la agradable caricia de los primeros rayos de sol, el camino discurre suave, sin estridencias, invitando a la meditación o a la conversación reposada. Y es así, que Nani y yo nos encontramos caminando uno junto al otro, solos, alejados de los demás. A pesar de los días transcurridos, hasta ese momento nunca habíamos coincidido solos en un tramo tan largo. Sin saber cómo, o quizá porque el momento se prestaba a ello, rompiendo el distanciamiento que generalmente se tiene para las confidencias con personas a las que no se conoce, me encontré escuchando por boca de Nani, la amarga experiencia familiar que este amigo había dejado en Madrid. A pesar de que yo no podía hacer nada para ayudarle, traté de transmitirle mi apoyo y comprensión. Realmente, lo que este buen hombre estaba pasando, no se lo merecía. A todo esto, además, durante esos momentos recibió una llamada desde Madrid, comunicándole que su padre había ingresado en el hospital, aquejado de una dolencia de cierta gravedad. Con este panorama, lo más probable es que tenga que abandonar el Camino. Nos detenemos en Sansol para reagruparnos y reponer fuerzas. Continuamos ya todos juntos hasta Torres del Río, donde el grupo vuelve a parar. A pesar de ello y debido a que hace escasos dos kilómetros que habíamos realizado la última parada, yo decido no detenerme y continuar solo. Tremendo error. No me percaté al igual que los demás, que en Torres del Río se encuentra uno de los elementos arquitectónicos más singulares del Camino: la maravillosa iglesia octogonal del Santo Sepulcro construida, según se cree, por los caballeros templarios y copia, al igual que la de Santa María de Eunate, del templo de Jerusalén.
Albergue de Viana . Miguel y Pedro en el albergue de Viana.
ETAPA 7ª ( VIANA / NAVARRETE) 22,3 09-09-2000 Hoy hemos salido un poco más tarde de lo habitual y también algo más tristes. Ya sólo quedamos tres de aquel grupo que inició el Camino en Roncesvalles. Aunque todos y cada uno de nosotros éramos conscientes que esta situación se daría, lo cierto es que no dejan de ser momentos tristes para todos. Personalmente estoy convencido de que el Camino hay que hacerlo con nosotros mismos, es decir, sólo con nuestros pensamientos, con nuestra propia motivación, con el personal sentido trascendental que cada uno imprime a su peregrinación, con nuestro mundo interno, en el que se entremezclan personas, cosas y situaciones que configuran el paisaje íntimo de nuestros sentidos, con las propias e indelegables vivencias. En definitiva, con nuestro propio yo. Todo ello y alguna cosa más, es el reducto que creo que hay que preservar, sin concesiones. Pero el Camino también hay que hacerlo junto a los demás, sin que esta aparente contradicción esté reñida en absoluto con la afirmación anterior, más bien al contrario. Son aspectos absolutamente complementarios y necesarios donde la lejanía de lugar y tiempo respecto a la normalidad de nuestra vida fuera del Camino implica también, necesariamente diría yo, un cambio de actitud en la forma de entender la vida. No se está en el Camino para conseguir nada material; se necesitan muy pocas cosas. Tampoco es necesario mantener una actitud de defensa respecto a algo o frente a nadie. No te juegas nada. Lo único importante es sentirte bien contigo mismo, lo cual ya es mucho. Es por ello que las relaciones con los demás peregrinos son muy simples. Todos respetamos esa parcela individual que cada uno trata de preservar, pero al mismo tiempo, todos estamos dispuestos a ofrecer nuestro apoyo en el momento que otro lo necesite sin nada a cambio o a escuchar a aquél que tiene algo que decir o que simplemente decide hablar, porque se lo pide el cuerpo, sin inhibiciones, sereno, con la tranquilidad de saber que nadie va a tratar de ridiculizar, ni menospreciar los íntimos sentimientos transformados en palabras. Y sencillamente esto es así porque todo peregrino, en tanto que lo es mientras hace El Camino, participa en mayor o menor medida de la misma filosofía de vida.
La Sra. Felisa entre Miguel y Canito . Miguel camino de Navarrete.
Abandonamos Logroño, pero a diferencia de la buena impresión que nos causó la entrada, la salida a través de zonas industriales y asfalto, es realmente fea e inhóspita. Hemos de llegar al pantano de la Grajera para encontrarnos con un entorno absolutamente diferente, lleno de verde y agua por todas partes. Es un regalo que se agradece. Miguel, Pedro y Canito en el Pantano de la Grajera . Miguel en los pórticos de Navarrete.
Hoy es un día especial. Es el cumpleaños de Isabel (no digo cuántos), por lo que supongo que todos mis hijos estarán en casa haciéndole compañía y celebrándolo. Yo por mi parte, la llamo por teléfono para felicitarla y decirle dónde he escondido el regalo que le compré. La echo de menos. Estos son los momentos de melancolía, aquellos en los que cogerías el tren y regresarías a casa. Es el recuerdo de los seres queridos lo que realmente puede hacer que te desequilibres emocionalmente y no soportar la dureza del Camino. Pienso que si bien es necesario un mínimo de preparación física, ésta no sirve de mucho si no se complementa con una fuerte mentalización. Ya por la tarde, mientras nos relajamos tomando una "clara" (cerveza con gaseosa, según indicaciones de Pedro), cambio impresiones con Roberto, un canadiense de mediana edad, al que había visto y saludado a lo largo del Camino, pero con el que no tuve la oportunidad de mantener una conversación larga hasta ese momento. Estaba él sentado en una mesa un poco alejada de la nuestra, con aire meditabundo, supongo que tratando de encontrar las palabras adecuadas con las que ir rellenando los folios del inmenso cuaderno que tenía enfrente. Mi curiosidad me llevo a preguntarle por el motivo de sus escritos, pues ciertamente, no se limitaban a unas pocas notas, sino que escribía páginas enteras. En un excelente castellano, para grata sorpresa mía, me respondió con exquisita amabilidad, que estaba realizando un trabajo sobre el Camino con la finalidad de publicarlo en una revista de su país, pero sin ánimo de lucro pues, según me indicó, su situación económica actual se lo puede permitir ya que, desde que vendió sus participaciones de una empresa familiar, se puede permitir el lujo de tener tiempo, junto a su esposa, que en esta ocasión no le acompañaba, de dedicarse a apreciar las pequeñas grandes cosas que antes le habían pasado desapercibidas. Ahora nada más que se dedica a vivir. Y nada menos, añado yo. Tan interesado me mostré por su trabajo, que hizo que le anotara mi dirección en el propio cuaderno, con la promesa de enviarme un ejemplar cuando se publicara en la revista. Buena persona este Roberto. Como todo en la vida, también el Camino tiene el reverso de la moneda; también te encuentras con personas que se aprovechan de las circunstancias. Gentes que de peregrinos no tienen absolutamente nada y que son una ofensa para todos aquellos que, porque entienden que el Camino es sobre todo sobriedad, humildad, solidaridad, tesón, esfuerzo, espiritualidad y otras muchas cosas, caminan día tras día sobreponiéndose al cansancio y a sus propias limitaciones y que a lo único que aspiran al final de la jornada es a poder descansar en alguno de los albergues que al efecto están dispuestos a lo largo del Camino. Todo esto viene a cuento porque en Navarrete mismo, fui testigo de una escena vergonzosa: a unos metros del albergue paró una autocaravana de la que se apearon, cargados con sendas bolsas de viaje, tres o cuatro personajes, los cuales se dirigieron al refugio solicitando cama. Realmente indignante porque con su actitud, estaban ocupando una plaza que quizá necesitaba algún peregrino que hacía el Camino andando. El hecho no tiene justificación y sí es cierto que son situaciones que deberían estar más controladas, aunque reconozco la dificultad que ello conlleva. En fin pensemos en lo positivo del Camino.
ETAPA 8ª ( NAVARRETE - NAJERA ) 16,2 10-09-2000 No madrugamos mucho. Iniciamos quizá la etapa más corta de todo el recorrido, por lo que decidimos tomárnoslo con calma, porque después de los kilómetros acumulados que llevamos en las piernas, ¿qué son 16 kilómetros para nosotros? Realmente una nadería. Caminamos a ritmo tranquilo, lo que nos permite un distendido cambio de impresiones entre nosotros. Por primera vez hablamos con Pedro del tema nacionalista y de la singularidad de los diferentes territorios. Es sin duda una licencia que nos hemos tomado, pues parece que existe un acuerdo tácito de no entrar en cuestiones de esa naturaleza. Lo cierto es que, aquí y ahora, tampoco se puede decir que nos interesen en exceso, más bien al contrario, no nos interesan nada. Tenemos otras cosas en qué pensar, muchos pasos que dar, muchos paisajes que ver, vientos que acariciar, aves que acompañar, tenemos... muchos silencios que escuchar. Durante algunos kilómetros caminamos por asfalto, lo que supone una contrariedad, pues a la dureza del suelo, hay que añadir el siempre desagradable ruido de los vehículos que circulan por la vía, amén de un cierto riesgo para nuestra integridad física. Por fin dejamos el incómodo arcén para continuar ya por una pista de tierra que asciende hasta el alto de San Antón. Al inicio de la subida al alto, nos encontramos con un auténtico bosque de montículos de piedras que los peregrinos que por allí han pasado a lo largo de muchos años, han ido levantando piedra a piedra. Realmente es digno de contemplar. Me pregunto cómo es posible esta ingente obra; de qué forma, a partir de la primera piedra colocada espontáneamente por el primer peregrino que así lo decidió, se ha entendido por los miles de peregrinos que le sucedieron que, sobre aquella piedra inicial, había que seguir amontonando otras muchas; que después de un montículo, se levantaba otro y así sucesivamente hasta configurar el magnifico espectáculo que tenía enfrente. Me imagino que, como sucede en otros casos, algo tiene que ver el viejo y sabio espíritu que habita en el Camino, que por ser espíritu no es materia, pero es. Ese que el peregrino intuye a cada paso, el que le transmite la impronta de todos aquellos que le precedieron; el que continuará haciendo lo mismo durante los siglos venideros, por lo menos, mientras exista el Camino, es decir, siempre. Pedro y Miguel ante los "montones de piedras" Muy cerca ya de Nájera, atravesando por un polígono industrial, escrito sobre los muros de una vieja fábrica, podemos leer un precioso poema que escribió Eugenio Garibay, párroco de un pueblo cercano:
Nájera, la ciudad que fue capital del reino de Navarra hasta 1076, después que Pamplona fuera destruida por los musulmanes, nos abre sus brazos en toda su extensión y nunca mejor dicho, pues aún tendremos que caminar durante dos interminables kilómetros hasta avistar el refugio, al cuál llegamos después de atravesar el magnífico puente de ocho arcos sobre el Najerilla, que une la ciudad vieja con la nueva. Después de comer y de haber descansado un rato, hacemos un poco de turismo por esta bella ciudad. Es de resaltar el conjunto histórico del monasterio de Santa María la Real, nacido en 1502 en la boca de una cueva considerada milagrosa por los lugareños. Precisamente visitando el monasterio, un comentario que peyorativamente uno de nosotros hizo sobre la buena vida de los monjes, provocó que un peregrino solitario que deambulaba por allí, de aspecto eslavo, poblada barba, con una pequeña cruz de madera colgando de su pecho, se dirigiera a nosotros en perfecto castellano afirmando que los monjes, a pesar de que pudiera parecer lo contrario, también trabajaban y mucho. La intervención del peregrino, nos dejó un tanto atónitos. Solo se nos ocurrió un "era una pequeña broma entre nosotros ", a modo de mala disculpa. La respuesta del peregrino aún nos dejó más atónitos: "No tiene ninguna importancia; yo también lo decía en broma, porque lo cierto es que hay algo de verdad en vuestra apreciación; lo digo con conocimiento de causa porque soy monje franciscano". En ese momento, como reafirmado un pensamiento previo, pensé: "ya decía yo que este peregrino tenia pinta de monje". Nos informó de que estaba haciendo un tramo del Camino junto a otro monje y varias personas de la parroquia donde residían, allá en Suiza. Lo cierto es que Francisco, que así se llamaba el monje peregrino, resulto ser una persona muy agradable, con un acusado sentido del humor del que haría gala en las diferentes ocasiones que nos encontraríamos a lo largo del Camino.
ETAPA 9ª (NAJERA - SANTO DOMINGO DE LA CALZADA) 20,8 11-09-2000 Madrugamos más
que de costumbre, antes de rayar el alba. Tal es así que la oscuridad
reinante nos impide distinguir las flechas amarillas que señalan la
dirección del camino. A fin de orientarnos y evitar perdernos, recurrimos
a la luz de las linternas, pero a pesar de ello, la dificultad de visión
es grande, lo que hace que extrememos las precauciones. Caminamos muy
lentamente. Los primeros rayos de sol empiezan a despuntar, casi tímidamente, como tratando de no inmiscuirse en los dominios de la noche. Ante nosotros los espacios abiertos de la llanura riojana se aprecian en toda su grandeza. En Azofra decidimos parar a desayunar, pero para desgracia nuestra y como viene siendo habitual a lo largo del Camino, los bares están aún cerrados por lo que hemos de esperar más de media hora para tomar algo caliente que nos reconforte. Así lo hacemos y al rato, estamos de nuevo en la senda. La inmensidad del Camino, no siempre era la tónica... Muy poco antes de llegar a Cirueña, nos envuelve una enorme ventolera al tiempo que el cielo se cubre de unos oscuros y amenazadores nubarrones que no hacen presagiar nada bueno. Detrás de nosotros, distanciados unos cientos de metros, distinguimos el grupo suizo de Francisco afanados por alcanzar el pueblo antes de que llegue la tormenta. Por nuestra parte, en un primer momento, ni nos planteamos parar. Pensamos en continuar caminando con las capas puestas y si nos coge la tormenta pues ¡tal día hará un año!; para eso somos peregrinos que no se arredran ante nada y mucho menos ante una tormenta. Por fortuna el sentido común se impuso y decidimos buscar refugio en el pueblo. Lo hicimos en la cochera que nos cedió amablemente un vecino, que también dio cobijo al grupo de suizos y a algún otro peregrino; unas treinta personas. Casi sin tiempo a guarecernos, la tormenta desencadenó toda su fuerza dejando caer impresionantes columnas de agua que formaban al instante multitud de charcos, como si la reseca tierra, ya empapada hasta la saciedad, escupiera lo que le sobraba, como si gritara a los elementos que ya tenía suficiente. Ajena a la queja, la tormenta continuó impertérrita, vertiendo su carga. El azul luminoso y cegador de los relámpagos ponía la sobrecogedora nota de color. La música de fondo la aportaba el ruido ensordecedor de los truenos que, sin solución de continuidad, llegaban a nuestros oídos invariablemente después de cada destello. Mientras esperábamos
en el improvisado refugio, tuvimos ocasión de charlar de nuevo con
Francisco y así pudimos saber que había estado de misionero durante unos
años en Angola, también en Brasil. Conocimos de primera mano las duras
condiciones de vida de aquellas gentes, de la mucha ayuda que se necesita,
que la diferencia entre la vida y la muerte es, en muchas ocasiones, la
simple diferencia entre tener un plato de comida o no tenerlo; que
la muerte no es extraña en lugares donde diariamente mueren cientos de
personas, muchas de ellas niños, por motivos que en nuestro entorno
calificaríamos de banales. Nos contó que había estado varios años
viviendo en Barcelona dando clases de filosofía en la Universidad de
Barcelona, lo que explica su excelente castellano e incluso su aceptable
catalán. Después de casi una hora llegó la calma, la tormenta amaina y
la marcha continua, ya sin incidencias, hasta Santo Domingo de La
Calzada. La Compostela riojana, como algunos la denominan,
debe su nombre a un vecino de la cercana localidad de Viloria,
llamado Domingo y que pasó a la historia como Santo Domingo de la
Calzada, benefactor del Camino al que dedicó buena parte de sus 90
años. Nos alojamos en el albergue regentado por la Cofradía del Santo, de una calidad muy aceptable. Me encuentro con Roberto, "el canadiense". Un absurdo accidente le ha ocasionado un problema en el dedo meñique de un pie. Dejará de caminar un par de días a ver cómo evoluciona, pero teme que se haya producido rotura, lo que le obligaría a abandonar el Camino sin remedio. Le deseo lo mejor.
Al caer la noche y después una buena cena en el acogedor comedor de las monjas, nos retiramos a descansar no sin antes, porque así nos lo indicó la hermana encargada del comedor, reservar el desayuno del día siguiente, lo que hacemos con mucho gusto por la buena impresión que nos hemos llevado. Como mera información, decir que las monjas mantienen abierto un albergue muy digno, competencia directa del que nosotros estamos y al que creo que supera.
ETAPA 10ª ( S. DOMINGO DE LA CALZADA / SAN JUAN DE ORTEGA ) 46,4 Km. 12-09-2000 ¡Qué potentes estos peregrinos!, ¡46,4 Km en un solo día no es cualquier cosa! ¿De dónde sacan esa fuerza? ¿Tendrá razón lo que afirma Eugenio Garibay en su poema? Admito que algo de cierto hay en el contenido del poema, pero en este caso, la vergonzosa explicación muy a mi pesar, es otra. Con el argumento de que el tramo hasta Belorado discurre prácticamente en su totalidad por carretera, se plantea por parte de Pedro y Canito la posibilidad de hacer esta etapa en algún medio de transporte, evitando así arriesgar nuestra integridad física. Se argumenta también que es una etapa sin ningún tipo de aliciente y que por lo tanto, no perdemos nada si hacemos un "salto". Discrepo absolutamente con ese criterio. En mi opinión es incoherente que habiendo tomado la decisión personal de hacer el Camino a pie, con todas sus consecuencias, en algún momento, porque nos pueda parecer una etapa más o menos atractiva como en este caso, o porque consideremos que es de una dureza especial, como podría ser otro caso, o por cualquier otra razón, decidamos utilizar un medio de transporte. Considero que el Camino es un todo indivisible, donde la frondosidad de las montañas navarras convive con la aridez de las tierras castellanas, donde encontramos albergues que son un auténtico desastre frente a otros que son excelentes, donde nuestro idioma se mezcla con los de peregrinos de otros países, donde se ríe, pero también se sufre. Contradicción y diversidad son aspectos, junto a otros, que forman parte de las miserias, pero también de la grandeza del Camino. A regañadientes y en aras a la buena convivencia que hasta entonces ha reinado entre nosotros, accedo al planteamiento de mis compañeros. Casualmente, en ese momento acierta a pasar junto a nosotros una furgoneta cargada de mochilas, conducida por un chico que luego sabríamos que era italiano, estudiante de teología. En alguna etapa anterior ya habíamos reparado en él, por la parálisis que sufría en una parte de su cuerpo, que le imposibilitaba caminar, aunque no conducir, por lo que realizaba labores de apoyo del grupo de amigos que hacían el camino a píe. En Espinosa del Camino retomamos la senda para adentrarnos en la frondosidad de los Montes de Oca, tierra dominada antaño por bandidos, terror de los peregrinos que por entonces se aventuraban por estos parajes y que podían encontrar la muerte en cualquier recodo. Ahora, la exuberante frondosidad de los bosques de robles y la maravillosa sinfonía de sonidos que brota incontenible de lo más profundo de ese derroche de naturaleza, desparramada ostentosamente a lo largo de casi tres horas de marcha, son la grata compañía del peregrino. Con paso decidido coronamos el Alto de la Pedraja, un hito más del Camino que salvamos sin excesiva dificultad. Senda hacia los Montes de Oca . Pedro y Miguel ante San Juan de OrtegaYa en terreno llano, templadas nuestras almas por la belleza del entorno y cansados nuestros cuerpos por el esfuerzo realizado, el camino se presta a la conversación pausada, tarea a la que nos dedicamos Pedro y yo. Nuestra charla deriva hacía temas que normalmente sólo surgen entre personas con un cierto grado de amistad. Finalmente, casi de repente, al otro lado de un gran claro en el bosque, aparece ante nosotros la silueta de una bella iglesia románica. Es San Juan de Ortega, una maravilla más del Camino. En su interior se encuentra el mausoleo del santo, del que se dice que consagró su vida al Camino, colaborando con Santo Domingo en la construcción de caminos y puentes y que finalmente, después de un viaje a Tierra Santa, se retiró a estos parajes para prestar ayuda a los peregrinos que atravesaban los Montes de Oca, construyendo la capilla románica donde hoy descansan sus restos. Cada equinoccio (21 de Marzo y 21 de Septiembre), un rayo de sol que entra por una de las ventanas de la fachada, ilumina el capitel izquierdo de la entrada al presbiterio, en el que esta representada la Anunciación. Este fenómeno es conocido como el "milagro de la luz" por las gentes del lugar. Bicicleta descansando a la puerta del albergue de S. Juan de Ortega Al caer la tarde, una vez dada cuenta de la cena preparada por el único bar del lugar, sin saber cómo, de forma espontánea, varios peregrinos nos encontramos departiendo en distendida charla, en torno a unas botellas de vino que alguien ha puesto sobre la mesa y a las que seguirían algunas más, aportadas sucesivamente por cada uno de los miembros de esa tertulia improvisada. El nutrido grupo estaba compuesto en su mayoría por gente conocida, de la "promoción" de Roncesvalles, aunque también había alguno que no conocíamos, lo que no fue obstáculo para que entre todos tratáramos de arreglar lo ingrato de este duro mundo. Allí estaban, entre otros, Carlos "el argentino", "el vasco", José Antonio "el traumatólogo de Pamplona", la alegre parejita de mexicanos (siempre tenían la sonrisa en los labios, cuando no una risa franca y alegre). Las opiniones extravagantes, cuando no disparatadas, crecían en proporción al número de botellas de vino que iban quedando vacías. Casi habíamos conseguido ponernos de acuerdo en la solución milagrosa para los males de la humanidad, cuando alguien, quizás el más lúcido en aquel momento, recordó que estaban a punto de cerrar el albergue. A regañadientes, maldiciendo la rigidez del horario de cierre, nos retiramos a descansar. Sólo Carlos, a pesar del frío, optó por dormir en el exterior, envuelto en su saco. La noche, engalanada con un infinito manto de estrellas, mostraba sin complejos toda su belleza, como si quisiera agradecer de esa manera la compañía de aquel testarudo peregrino. Seguramente, el espíritu inconformista del amigo Carlos, bebió hasta la saciedad de las emociones que emanaban de aquella gélida, pero maravillosa noche en San Juan de Ortega. Estoy convencido de ello.
ETAPA 11ª ( SAN JUAN DE ORTEGA- BURGOS) 27,6 Km. 13-09-2000 La espesa niebla, rotundamente opaca, impenetrable, todo lo envuelve con su manto gris. No se ve absolutamente nada a escasos metros. Esa madrugada, nos enfrenta a otro de los momentos tristes porque Pedro, nuestro amigo, regresa a Madrid. Abrazos de despedida y emoción contenida reflejada en los rostros, sabedores todos que quizá nunca nos volvamos a ver, pero convencidos también, que todos recordaremos con afecto la amistad surgida en los días de camino compartido. Despacio, tratando de detener el tiempo, vemos cómo la silueta de Pedro se aleja poco a poco de nosotros, hasta desaparecer tragada por la omnipresente y especialmente odiosa niebla de aquella desapacible mañana. Durante unos instantes, sólo el ritmo acompasado del bordón golpeando contra el suelo, mantiene en nuestro ánimo la apariencia física del amigo. Después..., nada. Es tanta la niebla, que Canito y yo necesitamos hacer uso de las linternas para no perdernos. A cada paso que damos, la senda desaparece de nuestra vista, lo que nos obliga a extremar las precauciones para no perdernos. Después de caminar un buen trecho por el monte, atravesando unos prados que se intuyen inmensos, nos detenemos en Atapuerca (su sierra albergó hace 800.000 años a los primeros pobladores de la península) a desayunar. A los pocos minutos de iniciar la marcha, la niebla empieza a levantar, descubriéndonos el paisaje agreste y austero de la meseta castellana. Desde un alto, en lontananza, se divisa la ciudad de Burgos. La visión anima al caminante, ya con síntomas de cansancio a esta altura de la etapa, a acelerar el paso en un intento de alcanzar cuanto antes la maravillosa ciudad del Cid. Craso error porque, el trecho que resta hasta llegar al albergue, excelente por cierto pero situado a dos kilómetros al otro extremo de la ciudad, se hace interminable además de inhóspito. El tramo final discurre entre naves industriales y el ruido ensordecedor de los numerosos vehículos que transitan por la carretera nacional procedente de Irún. Desde luego se puede afirmar que Burgos no recibe a los peregrinos como se supone que lo ha de hacer una ciudad que, si bien no nació para el Camino, sí le debe a él su importancia. Catedral de Burgos . Miguel ante la Facultad de Derecho de Burgos (¡...abogado él...!)Al margen de estas consideraciones y como lo cortés no quita lo valiente, la parte antigua de la ciudad es un autentico derroche de arte medieval, destacando la maravillosa catedral, paradigma del arte gótico, iniciada en 1221 bajo el reinado de Fernando III el Santo.
ETAPA 12ª (BURGOS - HORNILLOS DEL CAMINO ) 18,3 14-09-2000 Por primera vez
en todo lo que llevamos de Camino, noto un cierto malestar en la
pierna izquierda, como un ligero pinchazo localizado en la base de la
tibia. No le doy importancia suponiendo que a medida que avance la etapa,
se disipará la molestia. Mientras hago un alto esperando a Canito, me
rebasa con paso firme y ligero una figura un tanto destartalada. Se acompaña
rítmicamente con un improvisado y austero bordón y de su mochila pende,
como a la antigua usanza, un negro y anacrónico paraguas. Cruzamos un
saludo y nos deseamos el clásico "buen camino" de los
peregrinos. ¿Qué movía a aquella frágil anciana para embarcarse en tan
dura aventura? ¿De dónde sacaba la fuerza? Sea lo que fuere, era digna
de admiración la proeza de esta mujer. La etapa de hoy
transcurre tranquila. A la altura de Tardajos me alcanza
"el vasco". Después de caminar juntos durante casi tres horas,
la opinión que inicialmente me había formado sobre Tasio, que así se
llamaba aquel muchachote bilbaíno de casi dos metros de alto, cambió
radicalmente. Ante mí tenía una persona con un marcado sentido ético de
la vida, comprometido en la defensa de los derechos humanos, a través de
su pertenencia a ONG beligerantes en ese sentido, de un buen nivel
cultural al que sin duda contribuyó su licenciatura en Geografía e
Historia, de amena charla e incluso, dotado de un cierto sentido del
humor. Nada que ver por lo tanto con la imagen de un Tasio prepotente y
superficial que me había formado de aquella excelente persona y que sin
duda hubiera prevalecido, si la causalidad no hubiera favorecido aquella
enriquecedora conversación. Es este un ejemplo más que demuestra cuán
equivocados podemos estar al emitir juicios apriorísticos sobre aspectos
que desconocemos. Por ello y siendo por lo general la cautela buena compañera,
cuando de lo que se trata es de enjuiciar a otros, se impone además un
"plus" de exquisita prudencia por nuestra parte. Las
valoraciones a posteriori son seguramente más justas. Aquel incipiente
pinchazo en la pierna se ha convertido en un fuerte dolor, acompañado de
hinchazón. Mi ritmo de marcha se resiente. Llegamos a Hornillos del
Camino, pueblo con una única calle donde se alinean las casas de
planta baja y piso, casi todas iguales. Sus construcciones, la situación
de las mismas y el propio entorno, se asemeja más a una colonia fabril de
las muchas que crecieron en Cataluña en torno a la industria textil, que
a un pueblo con reminiscencias medievales. Tasio se despide para continuar
hasta Hontanas. Necesita forzar la marcha si quiere llegar a
Santiago en los pocos días que le quedan de permiso. Camino de Hornillos del Camino con Tasio Después de comer y descansar un rato, con la caída de la tarde, decidimos acercarnos al pequeño arroyo que discurre cerca del pueblo. Mi maltrecha pierna agradece la caricia del agua fría. La soledad y el silencio, sólo roto por el murmullo de la corriente y el trinar de los pájaros en su alborozo, son la grata compañía que nos regala el momento. Vuelvo a tener nostalgia. Me acuerdo de los míos, pero sobre todo de Isabel. Son ya doce días que no la veo y esto ya se empieza a notar en mi ánimo. Los problemas físicos por un lado y la crisis anímica, están configurando un cuadro nada optimista. Estos son momentos cruciales en los que la fuerza de voluntad, el tesón y la autodisciplina se han de imponer porque de lo contrario, las posibilidades de abandono son muchas. Canito y Miguel en el albergue de Hornillos del Camino . Artista de la acuarelaSe acerca a nosotros y sin saber cómo, nos encontramos enfrascados en una amena conversación con la señora Amable, que así se llamaba aquella señora que tan amablemente, haciendo honor a su nombre, se prestó a nuestras preguntas y a la que nosotros escuchamos con deferencia. Supimos que era la esposa del alcalde, dueña del antiguo molino del pueblo en el que, hasta hace relativamente poco, acudían los vecinos a moler su grano, hospitalera del albergue (se turnaba en esta tarea con su marido ) y además, era tía abuela de la esposa del actual conde de Orgaz. Cenando nos encontramos con Modesta (así se llamaba la anciana peregrina), a la que cedo el último plato de garbanzos que quedaba. Ya no la volveríamos a ver.
ETAPA 13ª (HORNILLOS DEL CAMINO - CASTROJERIZ) 21,4 Km. 15-09-2000 Iniciamos
la jornada algo más tarde de lo habitual debido a que, a estas alturas
del mes de Septiembre, los días empiezan a acortarse considerablemente,
lo que nos impide caminar con una cierta comodidad por la falta de luz. De
cualquier forma, como casi siempre ha ido ocurriendo a lo largo de los días,
la madrugada me fascina. Esos instantes que transcurren hasta que abre el
día, de duración proporcional a la intensidad de mis emociones y no al
tiempo convencional del reloj, invitan a relajar el cuerpo y a serenar el
alma y, en extraña y cómplice simbiosis con la naturaleza, a compartir
con ella intimidades y anhelos. Tengo la maravillosa sensación de
encontrarme más cerca de ella, como si conocedora de mis emociones,
aprovechara esos momentos para ofrecérseme en exclusiva. Debe tratarse de
otra manifestación de la felicidad porque yo, era feliz. Albergue de Arroyo de San Bol Después de caminar media docena de kilómetros, rebasamos el mágico refugio de Arroyo San Bol. Un auténtico oasis en medio de estas áridas tierras burgalesas y que toma su nombre de San Baudilio, una vieja aldea abandonada por sus habitantes en 1503 a causa, dicen algunos, de la expulsión de los judíos que, desoyendo el mandato real, se refugiaron aquí hasta que vieron peligrar sus vidas. Hoy sólo queda el pequeño refugio, muy acogedor y distinto a los demás en el que, debido a la distribución de las etapas, no pudimos pernoctar. Con hambre, porque después de más de dos horas de caminar aún no habíamos comido nada, distinguimos en la lejanía el campanario de la iglesia de la Inmaculada ( siglo XIV) de Hontanas. Es lo primero que se ve del pueblo, que se encuentra ubicado en una hondonada en torno, precisamente, a su iglesia. Nuestro gozo en un pozo, pues el único bar del pueblo permanece cerrado. Esperamos vanamente un largo rato con la esperanza de que el propietario, al que seguramente alguien avisaría de que varios peregrinos estaban esperando, decidiera abrir el establecimiento. Ni siquiera la posibilidad de negocio que se le presentaba hizo que las puertas se abrieran. En fin, sin comentarios. Hoy no desayunamos. Los problemas con mi pierna, no sólo continúan sino que se han agudizado. Trato de dialogar con el dolor, de pactar con él. Le pido que me permita llegar hasta Sahagún, nuestra meta este año. A cambio soportaré estoicamente las dolorosas molestias y si aún así le parece poco, le concedo incluso que a mi regreso, esté inmovilizado unos días. ¡Lo que sea necesario, pero que no me rompa por la dichosa tendinitis¡ En éstas estaba cuando, después de haber caminado durante una hora, aparecen ante mí las ruinas góticas del viejo y mágico convento de San Antón , fundado por la orden de los antonianos en el siglo XIV y que hizo funciones de hospital, confortando y protegiendo a los peregrinos que por allí pasaban. Como característica sobresaliente cabe resaltar, que el camino original (actualmente en forma de pequeña carretera) pasa por debajo de los dos arcos góticos que aún hoy se conservan. Especialmente cansado entro en Castrojeriz. Me dirijo al refugio atravesando su monumental casco antiguo, lo que hace que mi espíritu se alegre con el derroche de arte que me rodea pues, a diferencia del maltrecho cuerpo, aquél mantiene absolutamente indemne toda su capacidad para apreciar cualquier estímulo externo que denote un mínimo de sensibilidad . Tras una frugal pero apetitosa comida a base de queso y lomo embuchado, regado todo ello con un excelente "tinto", me estiro en la litera. El cansancio hace mella y casi al instante, mi mente queda absolutamente en blanco, sumida en un profundo y dulce sueño. Con la caída de la tarde llega la visita a la población. Lamentablemente no podemos recrearnos en las muchas cosas interesantes con las que cuenta este antiguo castro visigodo, que tuvo el honor de ser la primera ciudad que contó con fuero castellano, lo que da una idea de la importancia de Castrojeriz, en el ajetreado siglo X. En la actualidad, sin recursos económicos, ve cómo día a día el deterioro hace mella en su maravilloso patrimonio. Convento de los Antonianos . Albergue de Castrojeriz |