CREPÚSCULO

Muere la luz y se apagan, entre los tallos mustios al fin, 
los aromas de las flores, huyendo al universo sin fin, 
como buscando aún la luz.

Se oye el último tañido de las cigarras en el crepúsculo, 
afinando sus violines, en un último estertor, 
ciegas ya al morir el día y tristes sin público.

Oigo el llanto de la vida de la luz, acabando la canción del día, 
como si fuera el último, alzando sus brazos al horizonte, 
mientras yo sólo puedo mirar y llorar también.

Veo cómo se llenan esos brazos de la sangre del sol, 
al que, desgarrado el rostro en los riscos más altos, 
se le desangra el espíritu, aferrándose a las nubes.

Y un rastro de luz, moribunda, acaricia los tallos mustios, 
ya sin aromas, de las flores, cuajando su sangre la tierra, 
por donde arañan con sus dedos los últimos rayos de vida.

Y oigo entonces, ahogado ya el sol definitivamente, 
la tristeza del canto de la oscuridad, acabado el ocaso 
y así, me levanto de la piedra y regreso a mi hogar, 
secando mis lágrimas.