ETAPA DE BLANCO Y NEGRO Y AZUL

Blanco y negro y azul,
fundidos con pardo gris, polvoriento, a lo lejos.
Gotas de sudor acosan los ojos con picor.
El camino a cada paso
levanta nubes de hijos desaparecidos,
corrompidos por el tiempo,
que suben llenando la garganta
de ásperos golpes de tos, a cada paso.
La imagen temblorosa
del blanco y negro y azul, cual espejismo,
hipnotiza al caminante,
acuciado por el mediodía de fuego
y de plomo que llueve del cielo
y la tos en la garganta.
Un alto y un trago corto,
una mirada al reloj, de soslayo,
y otra vez la imagen,
temblorosa en el horizonte,
gritándole  sin voz.
Las pocas sombras del camino
huyen de él, dejando al caminante
a solas con el sol, sin estorbar su discurso,
sin querer tener que ver con él.
Y el blanco y negro y azul
más cerca, prometiendo sombra,
frescura y un reposo ansiado.
Más cerca y menos tembloroso a cada paso,
más blanco de cal, negro de forja vieja
y azul de cielo limpio y nuevo cada día,
cual oasis real de desierto soñado.
Y muerto el temblor lejano,
llegado a la frescura de las callejas
blancas y negras, con fondo azul,
sacudir de botas y nubes de hijos
desaparecidos y corrompidos por el tiempo
y carraspeos para acallar golpes de tos,
ásperos de tantos pasos,
y echar al fin el fresco trago
que lo cambiará todo hasta mañana,
cuando otro blanco y negro y azul espere
en el horizonte para pisar otros caminos,
con otros hijos desaparecidos
y vueltos polvo, quizá también corrompidos
por el tiempo y por el sol.